Medea aparece, con gestos amenazadores, en su carro de nubes tirado por dragones, se baja y hace una señal para que desaparezca; sin embargo, cuando entra en el palacio, mientras lo observa en silencio, la ira se transforma en nostalgia. Arrodillada, implora a la diosa Juno que la venganza se abata sobre la cabeza de su esposo Jasón, herida de celos ante su segundo matrimonio. Se oye a lo lejos la música para el cortejo que acompaña a Jasón y Creúsa. Medea duda entre si debería seguirlo, transformar el estruendo dichoso en temerosos lamentos, entrar en el templo y estrangular a la pareja; esperar hasta que en el banquete beban por la destrucción de sus enemigos, por la caída de la propia Medea, para luego derribar estas columnas y el palacio derruido se convierta en su lecho de muerte; o entrar de noche a hurtadillas en su aposento, cogerlos desprevenidos y lavar con sangre su antiguo lecho nupcial ahora profanado. Finalmente decide que Jasón tiene que vivir, pero padeciendo. No quiere que sus hijos tengan hermanos nacidos de Creúsa, por lo que, como ella les dio la vida, decide también arrebatársela para vengarse de Jasón. La llegada y la visión de sus hijos le hacen dudar y se plantea huir con ellos.